Uno como “Hijo de Hombre”, muy cercano al Altísimo, priva a las fieras de todo su poder y a él se le da el imperio, el honor y el reino. El maligno pone sus armas a funcionar en todos los tiempos y contra todas las generaciones, pareciera que el mal fuera quien va a triunfar, pero no es así, el mal tiene un fin. Y el Reino de Dios será una realidad viviente, desde ya en el corazón de cada hombre que tome la decisión de seguir en pos de Cristo.
Nuevamente nos encontramos con la finalidad consoladora del lenguaje apocalíptico: la última palabra la tiene el bien; el plan de Dios termina siendo realidad, a pesar de las zancadillas que la maldad humana le haya puesto. El cristiano no puede leer aquí otra cosa que el triunfo de Jesús, el “Hijo del Hombre”, su resurrección y su exaltación a la gloria del Padre, gloria que, finalmente, compartirá con “los santos del altísimo” (Dn 7,18), es decir, con sus fieles, con todos los creyentes.
Las palabras de Dios se cumplen, a pesar de todo. El comportamiento del hombre no le permite vivir la paz, donada, no vive el mandamiento del amor, por lo tanto tendrá que atenerse a las consecuencias. Sin embargo no todo es destrucción; la misericordia de Dios también es infinita, Él escucha nuestros ruegos y nuestra intercesión por las conversiones. Dios se apiada de los desvalidos y quiere la salvación de todos, aunque seamos pecadores.
Nuestro Señor Jesús quiere que pongamos nuestra inteligencia para darnos cuenta de los tiempos, como el que estamos viviendo, donde la humanidad se ha sumido en la doctrina de la “nueva era” donde cualquier cosa es válida, hasta algunas cosas de Dios, pero a medias. Por eso es tan difícil darnos cuenta como estamos. De manera que es de fuerza mayor, la oración, la vida sacramental, la fe, la esperanza, la caridad, la obediencia, la práctica del mandamiento del amor, la capacitación por medio de la Palabra, mediante la inspiración del Espíritu Santo, de lo contrario vamos a entender cosas inspiradas por el maligno.
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El perdonar es vivir para Dios.